El primer viaje del fuego olímpico

El 20 de julio de 1936 se encendía en Olimpia el primer fuego que era transportado desde la cuna de los Juegos de la Antigüedad a la ciudad organizadora de la edición correspondiente. Se iniciaba así una tradición que ha perdurado en el tiempo y se ha convertido en uno de los ritos más importantes del olimpismo.

Tal y como sucedió con la restauración de los Juegos, la idea de introducir el fuego como un símbolo dentro del nuevo olimpismo proviene de la Antigua Grecia.
Al igual que otras muchas civilizaciones, los griegos consideraban el fuego como un elemento sagrado y con él rendían tributo a sus dioses. En lo relativo a los Juegos de Olimpia, un fuego propiciado por los rayos del sol permanecía encendido durante la disputa de las pruebas atléticas en el templo de Zeus en honor al dios.

La introducción del fuego como símbolo de los Juegos Olímpicos de la Era Moderna se remonta a los de Ámsterdam en 1928, cuando el arquitecto del Estadio Olímpico, Jan Wils, diseñó una torre de más de 40 metros de altura, la llamada Torre de la Maratón, para acoger un fuego durante la disputa de la competición, el primer pebetero olímpico. Sin embargo, la llama que presidió los Juegos Olímpicos de la capital neerlandesa y la que lo haría cuatro años después en Los Ángeles fue encendida en el propio estadio y no en Olimpia como sucedió en el resto de ediciones.

El ritual de encendido del fuego en Grecia y su traslado hasta el estadio olímpico mediante relevos nació con los Juegos de Berlín de 1936.
El principal impulsor fue el alemán Carl Diem, quien tomó la idea de la celebración de su 40 cumpleaños en 1922 en el que sus alumnos organizaron una carrera de relevos de antorcha para conmemorar el aniversario, tal y como se celebraban en varios lugares del mundo. Cuando Berlín fue elegida en mayo de 1931 por el Comité Olímpico Internacional como sede de los Juegos de 1936 con una amplia mayoría frente a la candidatura de Barcelona, Diem, Secretario General del Comité Organizador de aquellos Juegos, planteó su idea de transportar mediante relevos desde Olimpia un fuego que alumbrara el Estadio Olímpico de Berlín durante la celebración de los Juegos.
Este planteamiento supuso una autentica novedad ya que, aunque las carreras de relevos de antorcha ya tenía una amplia tradición, era la primera vez que se proponían en relación a la celebración de los Juegos Olímpicos.

La idea de Diem fue formalmente planteada el 18 de mayo de 1934 dentro de la 32ª Sesión del Comité Olímpico Internacional celebrada en Atenas cuando el presidente del Comité Organizador, Theodor Lewald, expuso la intención de Alemania de coordinar el viaje del fuego olímpico mediante relevos desde Olimpia hasta Berlín que fue aceptada por unanimidad por los miembros del COI.

Tras el visto bueno del Comité Olímpico Internacional, el siguiente paso para llevar a cabo el proyecto era obtener la aprobación de los seis Comités Olímpicos Nacionales, además del alemán, de los países que formaban parte del trazado marcado entre Grecia y Berlín.
Las primeras naciones en adherirse al plan fueron Checoslovaquia, Bulgaria y Hungría a principios de noviembre de 1934 y, días después, lo harían Austria, Grecia y Yugoslavia, por lo que ya se disponía de la aprobación de todas las partes implicadas.

El Comité Organizador había elaborado un exhaustivo plan para desarrollar su propósito.
En primer lugar, diseñó un itinerario de 3.075 kilómetros que atravesaría las capitales de los países nombrados anteriormente, de tal manera que Atenas, Sofía, Belgrado, Viena, Praga y finalmente Berlín formarían parte de esa primera ruta histórica de la llama olímpica junto a otras villas y ciudades de menor tamaño.
Para cumplir con el trazado se idearon tramos de alrededor de 1.000 metros que deberían cubrir cada uno de los relevistas que transportarían el fuego desde tierras griegas o, en su defecto, etapas de cerca de cinco minutos, que era el tiempo que se calculaba que se podría mantener encendida la llama en cada antorcha con seguridad.

Y es que el asunto de transportar la llama fue uno de los principales problemas en los primeros pasos. Inicialmente se pensaron alternativas que permitían la combustión del fuego durante un largo periodo de tiempo, sin embargo, no se tenía la certeza de que pudiera aguantar todos los días de travesía, por lo que finalmente se optó por utilizar antorchas, aunque fue necesario fabricarlas con unas características especiales. Las antorchas se diseñaron en magnesio y con la posibilidad de que tuvieran una combustión de al menos diez minutos que solventara un hipotético retraso y que resistiera condiciones atmosféricas adversas.

Una vez solucionado el asunto de la antorcha, era necesario elegir a los relevistas que portarían el fuego, decisión que el Comité Organizador acordó fuese tomada por los Comités Olímpicos Nacionales de los países por los que transcurría el itinerario de la antorcha. Debido al diseño de la ruta en tramos de 1 kilómetro, en total fueron 3.075 los relevistas que cubrieron el trazado desde Olimpia a Berlín que encabezó el griego Konstantinos Kondylis y cerró el germano Fritz Schilgen en el Estadio Olímpico.

Al margen de las cuestiones más técnicas, el Comité Organizador también ideó otros detalles para dar mayor popularidad a los relevos.
En primer lugar, se imprimieron folletos informativos sobre la ruta del fuego y se encargaron alrededor de 30.000 posters con el lema “Torch relay run” traducido a cinco idiomas.
Además, con motivo del tiempo extra añadido de dos horas cada 80 o 100 kilómetros para cubrir un eventual retraso en el itinerario, se concibieron ceremonias especiales en las mayores ciudades de la ruta en honor al fuego olímpico. Aunque su organización estaba en manos de los Comités Olímpicos Nacionales en cada caso, el Comité Organizador envío unas pautas generales para incluir en los festejos como la interpretación del himno olímpico, la realización de exhibiciones gimnásticas y de danza o el discurso del alcalde.
Estas ceremonias se convirtieron en un éxito y, de hecho, fueron otras muchas localidades las que al paso de la llama olímpica también realizaron pequeños rituales.

Tras la recuperación de los Juegos de la Antigüedad en 1896, Olimpia volvió a convertirse en el foco de atención del olimpismo el 20 de julio de 1936 cuando se llevó a cabo el encendido del fuego olímpico. En un solemne acto en el que no fue permitida la presencia de público, los rayos del sol de Olimpia propiciaron el primer fuego olímpico generado en la cuna de los Juegos que, después de que se rindiera tributo en el Templo de Hera y se leyera un discurso del Barón de Coubertin, que no pudo desplazarse a tierras griegas por su avanzada edad, prendió la primera antorcha que iniciaba el viaje hasta Berlín.
El novedoso acto ideado por los Juegos Olímpicos de Berlín y la constante utilización de estos como medio propagandístico del III Reich hizo que la televisión alemana retransmitiera la ceremonia tanto para territorio germano como para otros países extranjeros, además de seguir en un coche el recorrido de la antorcha al igual que hizo el Comité Olímpico Internacional.

Después de un viaje de más de diez días, la llama olímpica llegó, no sin alguna dificultad, por fin a Berlín, a su Estadio Olímpico. Lo hizo tal y como estaba previsto el 1 de agosto, el día de la ceremonia inaugural.
Después del desfile de los atletas participantes en los Juegos Olímpicos, el joven alemán Fritz Schilgen apareció en la pista y recorrió la distancia que le separaba de los escalones que le aproximaban hacia el pebetero olímpico, que quedó prendido durante toda la competición.

A pesar de su llegada al Estadio Olímpico, el fuego aún tendría dos paradas más. Al día siguiente de la ceremonia inaugural, la llama emprendía un nuevo viaje de dos días y de 347 kilómetros de recorrido hasta la localidad de Kiel, donde se disputaron las pruebas de vela.
Días más tarde, el 7 de agosto, el fuego olímpico volvía a ponerse en marcha, esta vez para cubrir 37 kilómetros hasta llegar a Grünau, sede de las competiciones de remo y piragüismo.

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