Oct 17 2016

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La designación de Barcelona para los Juegos de 1992

El 17 de octubre de 1986, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, pronunciaba en Lausana la célebre frase “à la ville de Barcelona”, otorgando a la ciudad catalana y a España la posibilidad de albergar sus primeros Juegos Olímpicos.

Las expectativas de Barcelona de ser sede de unos Juegos Olímpicos eran un objetivo tradicional de la ciudad condal que se remonta a los primeros años del siglo XX.
La primera aproximación de la capital barcelonesa a la organización de los Juegos tuvo lugar en 1917 cuando el alcalde de la ciudad, Manuel Rius, se dirigió por carta al Barón de Coubertin, presidente del Comité Olímpico Internacional, preguntándole por la viabilidad de unos Juegos en Barcelona. Sin embargo, tras el fin de la I Guerra Mundial, el COI eligió a Amberes como sede los Juegos de la VII Olimpiada.

Después de este acercamiento, Barcelona presentó una solicitud formal para celebrar los Juegos de 1924. El interés que mostró la candidatura se plasmó en la construcción del Estadio de la Foixarda, pero las aspiraciones catalanas chocaron frontalmente con la intención de Coubertin, que quería los Juegos de 1924 para París con el objetivo de hacer olvidar la mala experiencia vivida en 1900. Así, el presidente del Comité Olímpico Internacional escribió una carta, que sería crucial para la decisión final, solicitando el voto para la capital francesa alegando el trigésimo aniversario de la reinstauración del movimiento olímpico en la Universidad de la Sorbona a la vez que postuló a Ámsterdam como sede de los Juegos de 1928.

Barcelona no tardó mucho en volver a mostrar su intención de organizar unos Juegos y postuló su candidatura para acoger los de 1936 con el Estadio de Montjuic, construido para la Exposición Universal de 1929 y cuya primera piedra fue colocada por el propio presidente del Comité Olímpico Internacional, Baillet-Latour, como gran reclamo. Pero los miembros del COI le volverían a dar la espalda, decantándose por la opción de Berlín por 43 votos a 16.
Tras esta nueva decepción, Barcelona organizó en contrapartida a los Juegos de la Alemania nazi de Hitler una Olimpiada Popular cuya inauguración debería haber tenido lugar el 19 de julio de 1936, pero el estallido de la Guerra Civil impidió su celebración.

Precisamente, el conflicto bélico impidió un nuevo intento. Barcelona había vuelto a presentarse en 1932 para acoger los Juegos de 1940, pero la sublevación militar del 18 de julio impidió que los representantes españoles acudieran a Berlín para defender su candidatura a unos Juegos que acabarían suspendiéndose por la II Guerra Mundial.

Barcelona tendría que esperar más de 30 años para volver a aspirar a unos Juegos. En esta ocasión no sería derrotada por una votación de los miembros del Comité Olímpico Internacional, sino que el COE decidió apostar por la opción de Madrid para representar a España de cara a la elección final por los Juegos de 1972, reservando a Barcelona la sede de los deportes náuticos. Sin embargo, esta polémica medida no se tradujo en éxito y Múnich fue la ciudad elegida en aquella ocasión ante la primera tentativa madrileña.

Para el éxito definitivo de Barcelona hubo que esperar más de medio siglo desde la primera intentona y a la confluencia de una serie de factores que allanaron el camino.
Por un lado, la muerte de Francisco Franco iniciaba en España el proceso para dejar atrás casi cuarenta años de dictadura e instaurar la democracia, mejorando la imagen internacional. Así, Barcelona vivió en abril de 1979 las primeras elecciones municipales tras la caída del régimen con la victoria del PSOE y la proclamación como alcalde de Narcís Serra.
A pesar del cambio de sistema político, España estaba envuelta en una grave crisis económica y el nuevo gobierno de Barcelona vio en la solicitud de unos Juegos Olímpicos la posibilidad ideal para emprender nuevos proyectos que modernizaran la ciudad y supusieran un empujón a la economía local y nacional. No obstante, los primeros pensamientos de los dirigentes catalanes eran organizar una Exposición Universal de la magnitud de las de 1888 y 1929 que tan buen rédito dejó a Barcelona en su momento. Fue Juan Antonio Samaranch quien convenció a Narcís Serra y Jordi Pujol para que abandonaran la idea de la Exposición y apostaran por los Juegos Olímpicos.

Y es que la circunstancia que pudo resultar más decisiva para el éxito de la incipiente candidatura barcelonesa fue la proclamación de Juan Antonio Samaranch como presidente del Comité Olímpico Internacional el 16 de julio de 1980. Tanto Samaranch como Serra habían tenido conversaciones meses antes de la votación del nuevo presidente del COI sobre las opciones olímpicas de Barcelona, pero no fue hasta el mismo día de su elección cuando Narcís Serra expresó su deseo de que Barcelona fuera sede de unos Juegos presididos por Samaranch.
A pesar de que los Juegos de 1988 aún no habían sido asignados, Samaranch era partidario de que la candidatura barcelonesa se aplazara hasta 1992, coincidiendo con el V Centenario del Descubrimiento de América, un elemento más que jugaba a favor de Barcelona junto con la más que probable vuelta de los Juegos a Europa después de que en 1984 se celebrasen en Los Ángeles y para los Juegos de 1988 únicamente se hubieran presentado dos ciudades asiáticas.

La primera piedra de aquella candidatura podría situarse el 31 de enero de 1981 en la Gala del Deporte Español organizada por El Mundo Deportivo cuando Juan Antonio Samaranch imponía la insignia del COI a Narcís Serra y este dejaba entrever su deseo de presentar a la ciudad a la carrera olímpica.
No obstante, no fue hasta el 30 de mayo de ese mismo año cuando el proyecto comienza a oficializarse con la petición de autorización y apoyo del alcalde al Rey de España en la celebración del Día de las Fuerzas Armadas en la ciudad condal.
Aunque el primer gran paso se produjo el 30 de junio, el día que el pleno del Ayuntamiento de Barcelona aprobaba por unanimidad embarcarse en el proyecto olímpico. Narcís Serra presentó la iniciativa como una ocasión histórica para Barcelona, Cataluña y España, por lo que, desde ese primer momento, solicitó la colaboración del Gobierno central y de la Generalitat catalana para lograr el objetivo.
Comenzaban así más de cinco años de trabajo para convencer a los miembros del Comité Olímpico Internacional de que Barcelona era la ciudad ideal para albergar los Juegos de 1992.

Una vez obtenido el apoyo del consistorio barcelonés, Serra remitía mediante carta este acuerdo al Comité Olímpico Español, que era el encargado de elevar la solicitud al COI, en busca del respaldo definitivo a la candidatura, un apoyo que tardó más de un año en concretarse debido a diversas polémicas.
Por un lado, había ciertos rumores, que nunca llegaron a concretarse, de que Madrid y Sevilla preparaban también su candidatura y, por otro, Granada y Jaca se habían postulado como posibles sedes a los Juegos de Invierno de 1992.
Habría que esperar al pleno del COE del 16 de diciembre de 1982 para que el organismo presidido por Jesús Hermida diera el visto bueno a Barcelona con un único voto en contra, aunque en un ambiente de muchas dudas.

Mientras esto sucedía en el COE, la candidatura de Barcelona seguía avanzando en su afianzamiento y difusión. A principios de 1982, el Ayuntamiento solicitó a Romà Cuyàs la realización de un estudio sobre la viabilidad de los Juegos.
En este informe, que fue presentado en sociedad el 11 de noviembre de 1982, Cuyàs defendía que los Juegos Olímpicos podían ser un factor clave para la superación de la crisis que vivía el país, el afianzamiento de la democracia y una sólida base para la construcción de un mejor futuro a través de las inversiones públicas y privadas.
Al margen de este crucial dossier, los principales actos de promoción en estos primeros meses se llevaron a cabo en abril del mismo año cuando salió a la luz la primera publicación sobre el proyecto titulada “Barcelona pretende los Juegos de 1992” y en la inauguración del Campeonato del Mundo de Fútbol en el Camp Nou en junio donde la candidatura se dio a conocer ante la prensa internacional.

En clave política, las Elecciones Generales celebradas en España el 28 de octubre de 1982 provocaron un giro trascendental en el proyecto de Barcelona ‘92. Los resultados arrojaron una victoria por mayoría absoluta del PSOE y Felipe González, que reclamó a Narcís Serra para ser ministro de Defensa, dejando vacía la alcaldía barcelonesa que asumió Pasqual Maragall, que en sus primeros días recibió el apoyo a las aspiraciones olímpicas de González, perteneciente al mismo partido, y nombró a Romà Cuyàs como Jefe de la Oficina de la Candidatura.
Precisamente, Cuyàs sería la otra figura esencial en el ámbito político tras ser designado Secretario de Estado para el Deporte y presidente del Comité Olímpico Español en sustitución de Jesús Hermida, a pesar de que se había planteado la posibilidad del COE y el Consejo Superior de Deportes no compartieran mandatario. La condición de un catalán como máximo responsable del deporte nacional y el trabajo previo realizado a favor de Barcelona, lo situaban como un personaje clave en el éxito de la candidatura.

No obstante, el periodo de Cuyàs al frente del Comité Olímpico Español no fue sencillo y tuvo que enfrentarse a un importante sector crítico cuando el 21 de diciembre de 1983 se decidió descartar las candidaturas de Jaca y Granada para los Juegos de Invierno de 1992 en beneficio de la opción de Barcelona.
Además, problemas con las federaciones deportivas acabarían forzando su salida del COE en junio de 1984, sustituido por Alfonso de Borbón, aunque permaneció como presidente del Consejo Superior de Deportes, donde continuó trabajando a favor del proyecto olímpico.

Ajena a esta situación política, la Oficina de Barcelona ‘92 abordaba otro importante paso en diciembre de 1983 al presentar el Anteproyecto de la Candidatura en el que se definían los escenarios y las instalaciones, el presupuesto y la financiación como principales pilares y que fue aprobado por el COE en la polémica sesión del día 21.
En esta primera aproximación, el Anteproyecto definía nueve áreas olímpicas en Barcelona y poblaciones limítrofes entre las que destacaba la montaña de Montjuic, donde se situaría el Estadio Olímpico. Dentro de estas nueve áreas se ubicarían las instalaciones necesarias de las cuales doce serían de nueva construcción, cinco a remodelar y diecinueve a acondicionar, al margen de las infraestructuras para entrenamientos.
Respecto al presupuesto, el informe dejaba una cifra cercana a los 88.000 millones de pesetas financiados mediante inversión pública y privada y calculaba los beneficios que se obtendrían de los derechos de televisión o la venta de entradas.

Poco a poco se iba acercando la fecha de la decisión final y Barcelona seguía avanzando. El 27 de marzo de 1984, el Consejo de Ministros acordaba el apoyo del Gobierno al proyecto barcelonés y, a lo largo de ese año y hasta la fecha de la elección se sucedieron las presentaciones de la candidatura por diversas partes del mundo como Sarajevo, Los Ángeles o México mientras se oficializaba que las rivales de Barcelona serían París, Ámsterdam, Belgrado, Brisbane y Nueva Delhi, aunque esta última finalmente renunciaría.

Al margen de estos avances, los nexos entre el Gobierno central, la Generalitat y el Ayuntamiento barcelonés se presumían fundamentales para el éxito de Barcelona, algo que se concretó el 9 de marzo de 1985 cuando el Gobierno pasó a formar parte del Consejo Rector de la candidatura. Además, para redondear el entendimiento político, el Rey Juan Carlos aceptaba la presidencia del Consejo de Honor de la Candidatura, mientras que Josep Miquel Abad era nombrado consejero delegado de la Candidatura y Carlos Ferrer Salat, presidente del Comité de Relaciones Internacionales.
Junto a esta concordia institucional, también resultó vital la constitución de la Asociación de Empresarios, que reunió a casi un centenar de empresas que prestaron su apoyo financiero de forma desinteresada, y la creación de la Comisión Hotelera.

Cuando aún faltaba más de un año para la votación de la ciudad anfitriona de los Juegos de 1992, comenzaron las obras de remodelación del Estadio de Montjuic y la construcción del Palau Sant Jordi, con lo que Barcelona demostraba su apuesta por las instalaciones deportivas con independencia de la designación, lo que podía suponer un atractivo para los miembros del Comité Olímpico Internacional.

Los meses pasaban y Barcelona seguía cumpliendo los trámites. Así, el 27 de diciembre de 1985 solicitaba formalmente la organización de los Juegos y hacía una declaración de aceptación de la Carta Olímpica.
Tras este formalismo, el siguiente paso importante fue la aprobación el 10 de febrero de 1986 por el Consejo Rector del Dossier de la Candidatura que fue entregado al COI el 1 de marzo en Lausana por Pasqual Maragall, un documento clave para obtener la organización de los Juegos de 1200 páginas con todos los pormenores del proyecto.

Durante ese último año de trabajo preolímpico, se sucedieron los actos de promoción y las muestras de apoyo a la candidatura de Barcelona. Además, el interés popular se formalizó en las encuestas encargadas y en la cantidad de voluntarios inscritos que superó la cifra de 40.000 que marcaron los Juegos de Los Ángeles.

La suerte estaba echada y Barcelona se presentaba a la 91ª Sesión del Comité Olímpico Internacional en Lausana con el trabajo bien hecho y como gran favorita a la espera de la decisión final, aunque el atentado que la banda terrorista ETA perpetró con un coche bomba en la Plaza de España de la ciudad condal provocando la muerte de un policía nacional y once heridos, generó ciertas dudas.
A la ciudad suiza se desplazaron los principales dirigentes políticos y deportivos nacionales, regionales y locales. Felipe González, Javier Solana, Jordi Pujol, Romà Cuyàs o Alfonso de Borbón acompañaron a los miembros de la candidatura de Barcelona con Pasqual Maragall a la cabeza que aún tuvieron que realizar una última exposición el día antes de la decisión ante los miembros del COI.

Y los pronósticos se cumplieron. A las 13:30 horas del 17 de octubre de 1986, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, hacía oficial que Barcelona sería la ciudad encargada de organizar los Juegos de 1992.
Barcelona necesitó tres rondas para ganar la votación. En la primera de ellas, la ciudad condal se impuso por 39 votos frente a los 19 de Paris, los 13 de Belgrado, los 11 de Brisbane, los 8 de Birmingham y los 5 de Ámsterdam que quedó eliminada.
En la segunda votación, la ciudad española aumentaba su ventaja sobre Paris por 37 votos a 20 mientras que Belgrado obtenía 9 apoyos, Brisbane 9 y Birmingham quedaba eliminada con 8.
La votación concluiría en la tercera ronda cuando Barcelona obtenía 47 votos que suponía la mayoría absoluta y certificaba su victoria. Atrás quedaban los 23 votos de París, los 10 de Brisbane y los 5 de Belgrado.

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