La elección de los Juegos Olímpicos de 1908

El 7 de abril de 1906 el Vesubio entraba en erupción y, además de devastar la ciudad de Nápoles y dejar decenas de muertos, provocó el cambio de sede de los Juegos de la IV Olimpiada, pero quizás no fue el motivo principal.

Roma había sido elegida en la 6ª Sesión del Comité Olímpico Internacional de 1904 en Londres como la sede para albergar los Juegos de 1908 en detrimento de Berlín para beneplácito del Barón de Coubertin, que veía en la capital italiana el lugar ideal para celebrar los Juegos que también sirviera como homenaje a la antigüedad romana por delante de otras ciudades transalpinas como Turín o Milán, que se consideraban a sí mismas mejores opciones que Roma para albergar los Juegos.

La oposición de estas ciudades fue uno de los problemas que se le generaron a la candidatura romana, pero no el único. A pesar de que la elección de Roma estaba fuertemente apoyada por el propio Coubertin, el Papa Pío X, el rey Víctor Manuel III y el alcalde romano, la ciudad italiana también contaba con importantes detractores como el Primer Ministro Giovanni Gioletti que tenía otros proyectos en mente fuera de la organización de los Juegos como la construcción del túnel del Simplon entre Italia y Suiza o la construcción del acueducto de Puglia.

Las presiones de Turín y Milán y los problemas de financiación que ocasionaba la organización de los Juegos parecían avocar a Roma a renuncia a los Juegos. Sin embargo, la erupción del Vesubio favoreció una salida honrosa para el gobierno italiano a la renuncia de los Juegos, decisión que parecía tomada antes de este hecho, incluso parecía conocer las verdaderas razonas. Italia anunciaba su renuncia a organizar los Juegos y centrar sus esfuerzos en ayudar a la devastada ciudad de Nápoles.

Los Juegos Olímpicos cambiaban de sede por segundo ocasión consecutiva antes de su inicio -Chicago había sido elegida para albergar los Juegos de 1904 que finalmente se celebraron en St. Louis- y el COI tuvo que buscar una solución de urgencia. Para ello, se dirigieron a Lord Desborough, que había sido miembro del COI en Atenas 1896, con el fin de que estudiara la posibilidad de que Londres fuera la sede.

En primer lugar, Desborough recabó la opinión del rey Eduardo VII, que era partidario de los Juegos, y, a continuación, escribió una carta a los máximos responsables del deporte del Reino Unido para conocer sus impresiones. Tras las respuestas favorables de las autoridades británicas del deporte, informó al COI de que Londres aceptaba organizar los Juegos de 1908.

Así, en apenas siete meses, el Comité Olímpico Internacional logró cambiar la sede de los Juegos Olímpicos de Roma a Londres con la inestimable ayuda de Lord Desborough y la British Olympic Association.

Londres salía por primera vez al rescate del movimiento olímpico como lo volvería a hacer años después, mientras que Roma tuvo que esperar más de medio siglo para poder vivir los Juegos en su ciudad.

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